Una mente perversa: el caso del hombre que dinamitó a su ex suegra
El acusado colocó una bomba en el techo del auto. Mató a su ex suegra y a un remisero que la esperaba. ¿Qué pasó con el asesino y con la joven a la que castigó por haberlo dejado?
Le decían “Cordero” y nadie sabe por qué. Lejos de las ofrendas bíblicas, José César Rodríguez se convirtió en uno de los asesinos más perversos que ocupaban las cárceles federales. Ahora lo llaman el “bombita catamarqueño” o el “Bomber-man”. Es que Rodríguez puso en marcha un plan macabro para vengarse de su ex suegra. La odiaba por haberlo separado de la adolescente de 15 años a la que consideraba su mujer.
En silencio, “Cordero” Rodríguez comenzó a armar su diseñar su proyecto perverso. Como trabajaba en una mina, logró hacerse de los explosivos necesarios. Practicó con burros cuánta dinamita era necesaria. Y cuando llegó el momento dejó una bomba lista para explotar apenas la levantaran sobre el capot de un auto, estacionado en la casa de la familia. El paquete estuvo ahí durante al menos una semana. Inexplicable que nadie se hubiera tentado con revisarlo. El artefacto explotó recién el 26 de septiembre de 2013 y mató a dos personas: a María Justina Flores, el objetivo de su ataque; y a Neri Ángel Santos, un joven de 26 años, remisero, que había ido a buscar a la mujer. Por milagro no hubo más víctimas.
María Justina Flores tenía 56 años. Había criado como su hija a Erika Marcela Maza. Por eso se había desesperado el año anterior cuando la joven, de solo 14 años, se había ido de la casa para irse a vivir con Rodríguez, un hombre que la duplicaba en edad y trabajaba como maquinista de cargadora frontal en la mina Farallón Negro, de Yacimientos Mineros Aguas de Dionisio (YMAD).
La mujer decidió entonces ir a la Justicia y denunciarlo por abuso sexual de una menor de edad. Después de algunas semanas, juzgado mediante, la chica volvió a su casa. Rodríguez no lo perdonó. Veía en esa mujer, a la que sus conocidos la llamaban “la suegra”, como la culpable de todo.
“Cuando yo tenía catorce años comencé a salir, a ser novios, con César Rodríguez, quien actualmente debe tener unos 35 años”, contó Erika Micaela Maza. En junio de 2012, Rodríguez le insistió en que se fueran a vivir juntos. “Mi madre no me dejaba tener novio, y me escapé con él…Nos fuimos a Belén donde alquilamos una pieza, y allí estuve como tres semanas –les contó a los investigadores-. Un día me encontraron en la plaza de Belén y me llevaron a la Comisaría donde estaba mi madre. César Rodríguez estaba trabajando. Allí comenzamos a concurrir al Juzgado de Belén y regresé con mi familia”.
La joven explicó que su novio no se llevaba bien con su madre. “Es más, no se hablaban”, dijo. Cuando volvió a vivir a su casa, una amiga, Estefanía, prima del acusado, se le apareció con un mensaje. “Me exigía que vuelva con César Rodríguez”, contó. Mucho después supo que el hombre le pagaba por esa misión.
A las pocas semanas, Erika fue a la casa de esta amiga y ahí estaba Rodríguez. “En un determinado momento ella salió, cerró la puerta y me dejó con él adentro”, afirmó. Se había llevado además su celular. El hombre quería hablar, discutieron y ella le dijo que se iba a vengar por lo que le estaba haciendo. “Él me respondió: "Ahí vamos a ver si ganás vos o gano yo; cualquier cosa le voy a hacer a tu familia’”. Después de eso, la quiso forzar a tener relaciones pero ella le pegó y salió “con la excusa de ir al baño” y se escapó.
Al volver por el teléfono, hubo otro diálogo con quien había sido su novio. “César me dijo: 'Qué decís vos que te vas a vengar de mí, yo me voy a vengar más porque te voy a quitar a cualquiera de tu familia, a tu vieja o a tu hermano”. Por la relación que habían tenido, el hombre sabía de la casa de Santa María y cuál era el auto de su hermano, tirado en el garage de la casa porque no funcionaba.
La familia de Erika vivía en Río Las Cuevas, un lugar alejado de casi todo. Por eso, alquilaban una casa en Santa María, un pueblo a más de 320 kilómetros de San Fernando del Valle de Catamarca, como una suerte de segunda casa. La madre de Erika solía ir una vez por semana para comprar provisiones y la mayoría de las veces la acompañaba uno de sus nietos.
Al mediodía del 26 de setiembre de 2013, después de haber hecho las compras y pagar la tarjeta, María Justina preparaba su regreso a su casa. Como llevaba muchas cosas, llamó a un auto de la remisería San Lucas para que la llevara hasta la estación de micros. El ómnibus salía a las 13. El remisero, al llegar, acomodó el auto de culata en el garaje de la casa. Atrás estaba en Ford Fiesta abandonado. El joven ayudó a la mujer a guardar las cosas que llevaba. Ahí vio la caja de herramientas que estaba sobre el capot del auto y pensó que era un paquete más, sin imaginar que adentro había un compuesto de dinamita, esperando a ser levantado para explotar.
El piso se sacudió. Los dos cuerpos volaron por el aire en apenas segundos. Los vecinos no podían entender la magnitud de la explosión. Al acercarse, la escena fue espantosa. Los perros comenzaron a dar vueltas por el lugar. Hasta los bomberos quedaron shockeados por lo que vieron.
Le decían “Cordero” y nadie sabe por qué. Lejos de las ofrendas bíblicas, José César Rodríguez se convirtió en uno de los asesinos más perversos que ocupaban las cárceles federales. Ahora lo llaman el “bombita catamarqueño” o el “Bomber-man”. Es que Rodríguez puso en marcha un plan macabro para vengarse de su ex suegra. La odiaba por haberlo separado de la adolescente de 15 años a la que consideraba su mujer.
En silencio, “Cordero” Rodríguez comenzó a armar su diseñar su proyecto perverso. Como trabajaba en una mina, logró hacerse de los explosivos necesarios. Practicó con burros cuánta dinamita era necesaria. Y cuando llegó el momento dejó una bomba lista para explotar apenas la levantaran sobre el capot de un auto, estacionado en la casa de la familia. El paquete estuvo ahí durante al menos una semana. Inexplicable que nadie se hubiera tentado con revisarlo. El artefacto explotó recién el 26 de septiembre de 2013 y mató a dos personas: a María Justina Flores, el objetivo de su ataque; y a Neri Ángel Santos, un joven de 26 años, remisero, que había ido a buscar a la mujer. Por milagro no hubo más víctimas.
María Justina Flores tenía 56 años. Había criado como su hija a Erika Marcela Maza. Por eso se había desesperado el año anterior cuando la joven, de solo 14 años, se había ido de la casa para irse a vivir con Rodríguez, un hombre que la duplicaba en edad y trabajaba como maquinista de cargadora frontal en la mina Farallón Negro, de Yacimientos Mineros Aguas de Dionisio (YMAD).
La mujer decidió entonces ir a la Justicia y denunciarlo por abuso sexual de una menor de edad. Después de algunas semanas, juzgado mediante, la chica volvió a su casa. Rodríguez no lo perdonó. Veía en esa mujer, a la que sus conocidos la llamaban “la suegra”, como la culpable de todo.
“Cuando yo tenía catorce años comencé a salir, a ser novios, con César Rodríguez, quien actualmente debe tener unos 35 años”, contó Erika Micaela Maza. En junio de 2012, Rodríguez le insistió en que se fueran a vivir juntos. “Mi madre no me dejaba tener novio, y me escapé con él…Nos fuimos a Belén donde alquilamos una pieza, y allí estuve como tres semanas –les contó a los investigadores-. Un día me encontraron en la plaza de Belén y me llevaron a la Comisaría donde estaba mi madre. César Rodríguez estaba trabajando. Allí comenzamos a concurrir al Juzgado de Belén y regresé con mi familia”.
La joven explicó que su novio no se llevaba bien con su madre. “Es más, no se hablaban”, dijo. Cuando volvió a vivir a su casa, una amiga, Estefanía, prima del acusado, se le apareció con un mensaje. “Me exigía que vuelva con César Rodríguez”, contó. Mucho después supo que el hombre le pagaba por esa misión.
A las pocas semanas, Erika fue a la casa de esta amiga y ahí estaba Rodríguez. “En un determinado momento ella salió, cerró la puerta y me dejó con él adentro”, afirmó. Se había llevado además su celular. El hombre quería hablar, discutieron y ella le dijo que se iba a vengar por lo que le estaba haciendo. “Él me respondió: "Ahí vamos a ver si ganás vos o gano yo; cualquier cosa le voy a hacer a tu familia’”. Después de eso, la quiso forzar a tener relaciones pero ella le pegó y salió “con la excusa de ir al baño” y se escapó.
Al volver por el teléfono, hubo otro diálogo con quien había sido su novio. “César me dijo: 'Qué decís vos que te vas a vengar de mí, yo me voy a vengar más porque te voy a quitar a cualquiera de tu familia, a tu vieja o a tu hermano”. Por la relación que habían tenido, el hombre sabía de la casa de Santa María y cuál era el auto de su hermano, tirado en el garage de la casa porque no funcionaba.
La familia de Erika vivía en Río Las Cuevas, un lugar alejado de casi todo. Por eso, alquilaban una casa en Santa María, un pueblo a más de 320 kilómetros de San Fernando del Valle de Catamarca, como una suerte de segunda casa. La madre de Erika solía ir una vez por semana para comprar provisiones y la mayoría de las veces la acompañaba uno de sus nietos.
Al mediodía del 26 de setiembre de 2013, después de haber hecho las compras y pagar la tarjeta, María Justina preparaba su regreso a su casa. Como llevaba muchas cosas, llamó a un auto de la remisería San Lucas para que la llevara hasta la estación de micros. El ómnibus salía a las 13. El remisero, al llegar, acomodó el auto de culata en el garaje de la casa. Atrás estaba en Ford Fiesta abandonado. El joven ayudó a la mujer a guardar las cosas que llevaba. Ahí vio la caja de herramientas que estaba sobre el capot del auto y pensó que era un paquete más, sin imaginar que adentro había un compuesto de dinamita, esperando a ser levantado para explotar.
El piso se sacudió. Los dos cuerpos volaron por el aire en apenas segundos. Los vecinos no podían entender la magnitud de la explosión. Al acercarse, la escena fue espantosa. Los perros comenzaron a dar vueltas por el lugar. Hasta los bomberos quedaron shockeados por lo que vieron.